El Palacio de Altamira

En la calle Santa María la Blanca de Sevilla, junto a la antigua Puerta de la Carne, se encuentra el Palacio de los Condes de Altamira, una de las más bellas edificaciones civiles de toda la ciudad. Su señorial fachada, las airosas buhardillas que se asoman a su alero y el elegante mirador situado en una de sus esquinas, nos hablan de épocas de antiguo esplendor.

Se trata de un palacio mudéjar del s. XIV, que a lo largo de los siglos estuvo ligado a diversos linajes de la nobleza: Entre otros, a los Zúñiga, Duques de Béjar, Condes de Plasencia, Marqueses de Villamanrique y Condes de Altamira, de los que tomó su denominación actual.

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El Palacio de Altamira, en la actualidad. (Fuente: Guía digital del Patrimonio Cultural de Andalucía)

Durante el siglo XIX pasó de residencia nobiliaria a casa de partido o vecindad, sufriendo con el paso del tiempo un paulatino abandono y deterioro que lo condujeron, durante los años 80 del pasado siglo, a un estado absolutamente ruinoso, llegando incluso a plantearse su demolición.

Afortunadamente, e in extremis, el conjunto pudo ser rescatado tras una costosa y compleja restauración que concluyó en 1999 y que, además, vino acompañada de la recuperación de la llamada “Judería Vieja”, la que nunca salía en las postales, el barrio de San Bartolomé, calle Levíes y el también antiquísimo Palacio de los Mañara.

En la actualidad, el Palacio de Altamira es sede de la Consejería de Cultura de la Junta de Andalucía.

El hallazgo de 1879

Pero volvamos ahora un poco atrás en el tiempo. Concretamente al año 1879.

Por aquella época la única nobleza que habitaba el antiguo Palacio era la de sus humildes inquilinos que alquilaban “por partidos” sus dependencias, lo que constituía una alternativa intermedia entre el corral de vecinos y la casa en propiedad, inalcanzable para la mayoría.

Probablemente, lo que vamos a narrar a continuación, tuviera lugar precisamente durante alguna de las muchas modificaciones que por aquella época se llevarían a cabo en el edificio con el fin de adaptarlo a la realidad social de sus nuevos moradores.

Ocurrió que, estando unos obreros martilleando sobre una pared que aparentaba ser de mampostería, se extrañaron al comprobar que los golpes que daban, sonaban a hueco. Al continuar percutiendo descubrieron con sorpresa que, al otro lado, existía una oquedad o pequeña estancia con la que no habían contado.

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El Palacio de Altamira en 1920 (Fototeca Universidad de Sevilla)

Al derribar aquella pared, lo que allí se encontraron debió helarles la sangre: Un esqueleto humano sujeto por una argolla alrededor de la cintura y engarzada a una cadena fuertemente trabada en el muro.

A los pies de aquellos restos, señales inquietantes del evidente y cruel suplicio que allí tuvo lugar. Una espuerta con bellotas, quizá puestas allí para hacer más cruel el tormento de aquel desgraciado, dado que la ingesta de las mismas le habría causado una sed insoportable, añadiendo horror sobre horror al episodio.

Y Junto a ellas, la vaina de un puñal, y unos zapatos…

José Gestoso, el coleccionista

La fuente de esta historia no es para nada desdeñable, puesto que se trata ni más ni menos que del historiador, arqueólogo y coleccionista (entre muchas otras cosas) D. José Gestoso y Pérez.

Según Gestoso, fue D. Juan José Bueno y Le-Roux, (abogado, bibliotecario y también coleccionista de arte, a quien él siempre consideró su maestro) el que le dio noticia de tal hallazgo en el Palacio de Altamira, cuyos objetos mostró y de los cuales tomó dibujos al natural.

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José Gestoso y Pérez. Gonzalo de Bilbao, 1914. Museo de Bellas Artes, Sevilla.

Según sus propias anotaciones, José Gestoso dató aquellos zapatos como ejecutados en el siglo XV.

Los zapatos del emparedado de Altamira, pasaron a formar parte de la colección privada de otro ilustre aficionado al coleccionismo de objetos antiguos y restos arqueológicos: el sacerdote gaditano D. Francisco Mateos Gago y Fernández.

Tras el fallecimiento de éste, el Licenciado Gestoso los adquirió a su hermano D. José Gago, pasando a formar parte de su colección particular de antigüedades en 1891.

Los zapatos de Altamira, según una primera descripción eran “del becerro común empleados en los calzados y las hebillas de metal primorosamente hechas”. Sin embargo, en una descripción muy posterior, realizada en 1945 por una de las hijas de Gestoso a D. Fernando Jiménez Placer, pasaron a ser unos “bellísimos zapatos de cuero labrado, gruesa suela alargada en punta y hebillas de plata con emblemas heráldicos”.

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Mateos Gago, rodeado de su colección de objetos artísticos. (Fuente: Museo Arqueológico de Sevilla)

Sea como fuere, de lo que no hay duda es que, para el arqueólogo sevillano, aquellas piezas constituían una auténtica “joya arqueológica”, llegando a exponerlas en su propia casa, de la calle Gravina 25, junto al resto de su colección de arte, dentro de una urna fabricada expresamente y sobre un lujoso cojín de terciopelo.

Sin embargo, la presencia de tales objetos o más bien, la historia que se ocultaba tras de los mismos, no eran en absoluto del agrado de las hijas de Gestoso, siendo tal el horror que los mismos les causaban, que provocaron que el erudito Licenciado (a regañadientes, con toda probabilidad) decidiera deshacerse de ellos.

Y los zapatos emigraron a los EE.UU

Finalmente, los zapatos de Altamira, fueron a parar a manos del hispanófilo Mr. Archer Milton Huntington, fundador de la Hispanic Society of America y amigo personal de Gestoso, cuya esposa, Anna Hyatt Huntington, escultora y también amante de todo lo español, regaló a Sevilla una de las cinco copias que realizó de su escultura del Cid Campeador, que aún puede contemplarse en el Prado de San Sebastián.

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Retrato de Archer Milton Huntington. José María López Mezquita, 1930. Hispanic Society of America. Nueva York.

Así pues, Los zapatos del misterioso caballero emparedado en el palacio de Altamira, viajaron a los Estados Unidos, donde quizá actualmente formen parte del fondo de la citada institución o estén expuestas como un trofeo en la vitrina de algún caprichoso magnate menos aprensivo que las hijas de Gestoso y desde luego mucho más lejos en el espacio y en el tiempo en que fueron calzados por aquel desgraciado, del que nunca sabremos el nombre y cuál fue el delito cometido que mereció castigo tan terrible.

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Bibliografía

Este artículo está basado en la curiosa y mucho más detallada descripción que de los hechos se hace en la excepcional biografía que sobre D. José Gestoso y Perez escribió Dª Nuria Casquete de Padro Sagrera, Historiadora y Directora Gerente de la Institución Colombina de Sevilla.

El título de la obra es «José Gestoso, Biografía de una pasión» y fue editada en 2017 por el Instituto de la Cultura y de las Artes perteneciente al Ayuntamiento de Sevilla.