En el mes de julio del año 1898, la revista  norteamericana “The Century Magazine” (1), publicaba un extenso artículo titulado “La Semana Santa en Sevilla” (2), escrito por el periodista, traductor y diplomático estadounidense Stephen Bonsal (3) (1865– 1951)

Bonsal fue un conocido corresponsal internacional del New York Herald entre 1885 y 1907, periodo durante el cual cubrió diversos conflictos bélicos, entre ellos la denominada Guerra hispano-estadounidense, periodo final de la conocida en España comúnmente como Guerra de Cuba, que culminó con la pérdida de la colonia en diciembre de 1898.

Como diplomático, fue Secretario de la Embajada de EE.UU. en Madrid durante el periodo comprendido entre octubre de 1893 y junio de 1895. Posteriormente, sirvió en la Legación de Seúl en 1895 y en la Embajada de EE.UU. en Tokio entre 1896 y 1898. Al finalizar la Primera Guerra Mundial, intervino como intérprete personal del presidente estadounidense Wilson durante la Conferencia de Paz de París, en 1919, en la cual se establecieron  los términos de la paz tras la Gran Guerra.

Precisamente, a partir de las anotaciones personales recopiladas durante dichas negociaciones,  Bonsal escribió su obra más reconocida: Asunto Inconcluso, por la que en 1945 recibió el  premio Pulitzer de Historia.

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Portada de «The Century Magazine», de 1898

El artículo referente a la Semana Santa sevillana fue publicado, como hemos dicho, en julio de 1898. Sin embargo, creemos que no fue escrito en ese mismo año. Las ocupaciones periodísticas y diplomáticas del escritor, le habrían impedido estar en Sevilla por esas fechas. Además, EE.UU. acababa de declarar formalmente la guerra a España, tras la explosión del acorazado Maine, en Febrero de 1898, por lo que las relaciones entre ambos países pasaban por una muy delicada situación. Esto se traducía en muestras públicas de desagrado, cuando no de odio hacia lo norteamericano.

Creemos que lo más probable es que Stephen Bonsal visitara Sevilla durante el periodo en que estuvo destinado en la Embajada de EEUU en Madrid, es decir, entre 1893 y 1895 y que el artículo fuera redactado algún tiempo después, a partir de anotaciones y de recuerdos personales. Esto último explicaría además determinadas inexactitudes que se aprecian en el escrito, que oscila entre lo histórico y lo legendario, lo real y lo inventado.

Por tanto, diríamos que la Semana Santa de Sevilla que presenció Bonsal pudo ser la de 1894 ó 1895, o quizá ambas, añadiendo posteriormente al relato pinceladas propias, cuajadas de tópicos, cuando no de anacronismos, lo cual es fácil de entender si se piensa al público al que iba dirigido.

No obstante, hemos creído interesante rescatar este texto porque, a pesar de los lugares comunes y de lo recargado y fantasioso de su estilo, se aprecia un intento de asimilar y de entender lo que está presenciando, implicándose en la historia y no limitándose a ser mero observador.

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«Una procesión cerca de la Catedral»

El artículo incluye la reproducción de diversos grabados sobre la Semana Santa de Sevilla, realizados por el entonces conocido ilustrador estadounidense Joseph Pennell. Además, incorpora la transcripción de dos partituras de música de capilla de la Hermandad del Silencio, así como la fotografía de una dolorosa atribuida erróneamente a la advocación de Nuestra Señora de los Dolores, como veremos más adelante.

La procesión de las Palmas

El relato de Stephen Bonsal comienza con la procesión de las Palmas, el Domingo de Ramos, en La Catedral:

“Mientras que las mujeres bordan llamativas cintas, y con hábiles dedos preparan los alegres lazos con los que la nueva palma se fijará a la terraza, nosotros nos dirigimos a La Catedral para traer a casa triunfantes el cristiano talismán bajo cuya protección viviremos este año (…) El  Templo Mayor está engalanado en memoria de la entrada en Jerusalén.  Innumerables candeleros gigantes, de gran magnificencia, iluminan el altar, del que dentro de poco, todas las luces serán retiradas. El sol radiante convierten los dorados misales en hojas llameantes. La escena es de una majestuosa y celestial magnificencia. Sin embargo, uno se  estremece al contemplar las inclinadas paredes y las grandes vigas de hierro que, como han dicho grandes arquitectos y constructores, han sido colocadas con un siglo de retraso y nos invade el pensamiento (pensamiento que entristece a los sevillanos)  de que este Templo podría pronto convertirse, como el Templo de Jerusalén, en una masa informe de piedra y escombros.”

 Se refiere en este pasaje a los andamiajes que fueron colocados para efectuar las obras de reconstrucción del cimborrio de la Catedral hispalense, que se vino abajo en agosto de 1888 y  cuya reparación no concluyó hasta 1899 (4).

Y continúa:

“Las grandes palmas se colocan junto al altar,  y refulgen como gigantescas gavillas de trigo dorado en el mar de rayos de sol que inundan el coro. Una a una, el venerable Cardenal las bendice, y se reparten entre los canónigos, los beneficiados y los acólitos, de acuerdo a su antigüedad.  En la mano de cada celebrante hay ahora hay una de las altas y ondulantes palmas.

No se puede imaginar nada más majestuoso e imponente que esta larga procesión de las palmas doradas, que oscilan  y se balancean a cada paso de los canónigos en su viaje alrededor de los lugares sagrados (…)

La procesión, encabezada por el venerable Cardenal, que se apoya  fuertemente sobre su báculo apostólico, desciende ahora los empinados escalones de la basílica. Las calles están enlutadas y miles de personas se han reunido allí para ser testigos del solemne espectáculo. Conforme la Cruz se aproxima (la cual, cuajada de brillantes y de piedras preciosas, parece una columna de fuego), las cabezas se descubren y las rodillas se doblan y así permanecen hasta que el murmullo de las palmas se desvanece en la distancia. Por un momento, parece que el simbólico viaje no será completado por uno de los principales actores. El peso de los años y la carga de sus padecimientos, están a punto de vencerle y durante un instante la procesión se detiene. El venerable prelado se apoya firmemente en el hombro de su coadjutor y agarra la mano de su teólogo. Una sombra melancólica parece nublar sus ojos mientras mira a las multitudes arrodilladas; mientras mira, quizá por última vez en un Domingo de Ramos,  la imponente mole gótica en que ha transcurrido su tranquila vida y en la que sus trabajos terrenales se aproximan a su fin. Pero sólo ha sido un momento de debilidad física. Los sagrados emblemas y el murmullo de las palmas avanzan de nuevo, y el Cardenal sigue adelante, dispensando su bendición apostólica sobre las  multitudes arrodilladas.»

Procesión de las palmas
Procesión de las palmas.
Fuente: ABC de Sevilla, 6 de abril de 1909.

 Pensamos que podría referirse refiere al ya anciano Cardenal Benito Sanz y Forés (5), que fue Obispo de Sevilla entre los años 1889 y 1895, lo que encajaría con la suposición que hemos hecho sobre la fecha probable de los hechos descritos.

“Una vez completado el simbólico viaje, la procesión entra por la Puerta del Perdón y, bajo los naranjos, cargados con sus frutos de color rojo sangre, se aproxima a la gran Puerta del Sagrario. Las puertas están cerradas y bloqueadas. Uno de los acólitos, el que lleva la Cruz, avanza y golpea tres veces la puerta con el sagrado símbolo. Las grandes puertas son desatrancadas y a continuación, la procesión desaparece entre los tortuosos pasillos de la Basílica. La suave brisa revela nuevamente el triunfal mensaje a aquellos que permanecen en el gran patio y comprendemos que la alegoría de la entrada del Salvador en Jerusalén ha concluido. Los miles de espectadores se dirigen a sus hogares portando triunfalmente sus palmas (…)”

Las procesiones del Domingo de Ramos

Sobre las procesiones de la tarde del Domingo de Ramos, escribe el articulista:

“Las procesiones deben comenzar el Domingo de Ramos por la tarde, con la visita de cinco Hermandades  a la Catedral. Pero eran más de las ocho de la noche cuando el Hermano Mayor de la primera Cofradía se presentó ante el Gobernador y el Alcalde, sentados en un estrado delante del Ayuntamiento, para pedir el habitual permiso para pasar. Las oscuras miradas del Señor Alcalde y del gran número de regidores y alguaciles presentes, eran aún más negras que los singulares capirotes,  o inquisitoriales gorros y capuchas, que los devotos delegados llevaban.

Supimos después que la demora de cuatro horas en la aparición de las procesiones había sido intencionada. Era el modo con que los cofrades querían mostrar su profundo malestar con la conducta del Ayuntamiento, que este año ha sido  tan tacaño de  asignar tan sólo la escasa suma de tres mil dólares como contribución a los realmente enormes gastos que implican los desfiles para las Hermandades.”

No hemos hallado constancia de que tal desplante se llevara a cabo. Si sabemos que, durante los meses previos a la celebración de la Semana Santa de 1894 se produjo un conflicto entre las hermandades y el ayuntamiento al negarse este último a conceder las habituales subvenciones a las cofradías, aunque finalmente el asunto pudo  resolverse (6).

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«Nuestra Señora de los Dolores en la procesión»

La primera procesión que presencia la describe de la siguiente forma:

 “La plataforma, o Paso, que porta a la imagen de Nuestra Señora de los Dolores se acerca cada vez más, flotando suavemente como una góndola sobre un mar estival. Pero conforme se acerca, el secreto de la prosaica fuerza motriz, queda al descubierto al escuchar la dificultosa  y rítmica respiración de los cuarenta o cincuenta cargadores, que equipados con collares alrededor del cuello y fajados con correas, para fortalecer los músculos de la espalda, cargan fatigosamente con la plataforma y con la imagen, quedando ocultos tras los cortinajes que cuelgan del Paso.”

No sabemos con exactitud a qué Hermandad del Domingo de Ramos se refiere, aunque puede que la advocación que menciona no se correspondiera con la del paso que describe. De hecho, como hemos mencionado antes, el artículo incluye una fotografía de una dolorosa bajo la cual aparece la leyenda “Our Lady of Sorrows”, pero que, en realidad se corresponde con la trianera María Santísima de la O.

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«Nuestra Señora de los Dolores». En realidad se trata de María Santísima de la O.

“Tal vez sea característico de la indolencia andaluza el que, con todo el orgullo con que procuran que las procesiones de sus imágenes sean un éxito, los hermanos nunca hayan tomado la preciada carga sobre sus propias espaldas. Los cargadores son todos Gallegos importados que, en Sevilla, al igual que en cualquier otro lugar de la península, suelen ser los cortadores de leña y los aguadores.”

Es curiosa esta referencia a las cuadrillas de costaleros profesionales, cuya existencia fue disminuyendo con el paso de los años, siendo hoy en día únicamente la Hermandad de Santa Marta la que sigue contando con sus servicios.

“(…) Más tarde, algunos se arrodillan en oración silenciosa mientras se aproxima Nuestra Señora de Los Dolores. En ese momento, se escucha rumor de conversaciones, el objeto de las cuales es -lamento decirlo- el nuevo manto que hoy Nuestra Señora luce por primera vez. Está confeccionado con un magnífico terciopelo adamascado de color azul oscuro, festoneado de encaje y bordado profusamente en oro y plata, con un trazado irregular de gran belleza y peculiaridad. La imagen, atribuida a Roldán, es de gran altura, la cual se ve intensificada por la plataforma elevada sobre la que va colocada, así como por la magnífica corona dorada que lleva y por la aureola que rodea su cabeza. La virgen luce un cinto de oro tachonado de muchas piedras preciosas, y lleva en sus manos, singularmente realistas, un delicado pañuelo encaje, tan transparente y ligero como una tela de araña tejida por hadas.”

Este jugoso comentario nos hace preguntarnos si no estará refiriéndose a la imagen de María Santísima de la Amargura (7), en su salida de 1894. Las referencias a su tamaño (que de hecho es de 170 cm),  la atribución a Roldán, aún en vigor, las referencias al estreno del nuevo manto y de las manos de la Virgen, talladas por Antonio Susillo, estrenos que tuvieron lugar precisamente en 1894, al cumplirse un año del fatídico incendio producido en la Plaza de San Francisco, podrían ser pistas que apuntaran en ese sentido.

Visita a la Nuestra Señora de la Esperanza

El relato del Jueves Santo comienza con la visita a los Sagrarios así como a los oficios celebrados en la Catedral.  A continuación, Bonsal describe una interesante anécdota que, sin embargo, viene precedida de nuevo por la duda. Dice así:

“Fui lo bastante afortunado como para convencer al severo cofrade que montaba guardia de que no era un emisario de los envidiosos macarenos (una Hermandad rival), y que, de hecho, yo también era de su opinión en cuanto a que no existe otra imagen en el mundo  como la hermosa y alentadora cara de Nuestra Señora de la Esperanza. De esta forma, se me permitió acceder al sagrado recinto del santuario, y fui testigo de los retoques finales que se estaban dando a Nuestra Señora.”

Si nos atenemos al término que emplea para referirse a esa “Hermandad rival” (macarenos) y tomamos por cierta la advocación de Nuestra Señora de la Esperanza, se estaría refiriendo a la Esperanza de Triana, cuya Hermandad  por aquellas fechas residía en la Iglesia de San Jacinto. Sin embargo, no hay una sola referencia a Triana en el relato, ni al río, que necesariamente hubo de cruzar. Es probable que el autor confundiera los términos y quisiera decir “trianeros” en lugar de “macarenos”.

Esto último no sería de extrañar, a juzgar por el comentario que figura al pie de una de las ilustraciones, que reza literalmente:

“Nuestra Señora de la Misericordia. La Hermandad de las Cigarreras Macarenos ante el edificio del Ayuntamiento”

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«Nuestra Señora de la Misericordia. La Hermandad de las Cigarreras Macarenos ante el edificio del Ayuntamiento” [sic]

En cualquier caso, la anécdota es importante porque retrata cómo eran los preparativos finales que se aplicaban a las imágenes procesionales por aquellos tiempos.

“(…)-Hay demasiado kohl (8)  (un tipo de cosmético empleado para oscurecer los ojos) en una de las cejas de Nuestra Señora y el colorete de una de las mejillas hace que la otra parezca pálida y demacrada- afirmaron.

Esta acusación dio pie a un acalorado debate, y el consejo no estaba dispuesto a que se zanjara el asunto simplemente por mayoría de votos sin antes estudiarlo a fondo. El sol poniente llenaba el techo abovedado de la iglesia con un torrente de luz, pero sólo un débil reflejo alcanzaba hasta donde la imagen estaba situada. Se encendieron los cirios colocados sobre el Paso, pero los apagaron inmediatamente, acordando ambas facciones que no hay nada más engañoso que la luz de una vela durante el día.

Así que como último recurso, se trajo una gran escalera, por la que trepó a un joven y ágil cofrade hasta el techo abovedado y desde allí, usando un espejo dirigió los aún potentes rayos del sol poniente hacia abajo, sobre el rostro vuelto hacia arriba de Nuestra Señora de la Esperanza. Entonces, tras un cuidadoso examen bajo aquella potente luz, el Consejo decidió por unanimidad que una ceja  había sido indebidamente oscurecida, pero que los pequeños detalles de colorete que se había dado a las mejillas eran apropiados y quedaban fuera de toda crítica.

-Parece tener auténtico aliento de vida; la tonalidad de la salud misma-, dijo el galante anticuario, besando la mano de la Camarera en señal de felicitación y de halago. Y añadió en voz alta, de forma que todos lo oyeran: -Nadie sabe mejor cómo aplicar artísticamente el colorete  que la Hermana Mayor-, ante cuyo elogioso arrebato la Hermana Mayor sólo parecía moderadamente complacida.”

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Nuestra Señora de la Esperanza Macarena, en 1880. (Foto de E. Beauchy)

La “Madrugá”. El Silencio.

La descripción que se hace de salida de la Hermandad del Silencio nos hace pensar en lo poco que, en realidad, ha cambiado todo después de, aproximadamente, unos 120 años:

 “Las horas avanzan con alas de plomo. De vez en cuando algún abnegado explorador se aventura a salir para traer noticias de cómo va la noche, de las condiciones climatológicas y de si las procesiones salen o no. Y así pasa el tiempo hasta que de repente, a las 3 en punto, el sonido estridente de una saeta resuena a través del café y todos los que dormían, se despiertan de un salto, encasquetándose los sombreros y precipitándose hacia la puerta todos al mismo tiempo.

 El estridente quejido anuncia la llegada de la procesión del Silencio, que se acerca sigilosamente hacia nosotros.  Una aguda voz aniñada resuena en la quietud de la madrugada, y canta:

Mirarlo por donde viene

El mejor de los nacíos,

Trayendo la Cruz a cuestas,

Y el rostro descolorío”

 La triste, pero hermosa música de Capilla que acompañaba al Nazareno de San Antonio Abad,  sorprendieron al norteamericano:

 “Una  extraña y monótona música medieval llena el aire con un sonido pintoresco, aunque no carente de harmonía. Se trata de una marcha fúnebre que fue escrita para esta cofradía hace cuatrocientos años. Además, no puede desfilar al ritmo de ninguna otra más que de esta extraña mezcla de música instrumental, en la cual prevalecen los hoy en día poco comunes sonidos del fagot, el oboe y el clarinete.

 La música de esta marcha es religiosamente conservada en la Iglesia de San Antonio Abad, donde el organista me contó, mientras yo me ocupaba en transcribirla, que él creía que  databa del tiempo de las Cruzadas, aunque, desafortunadamente, esta opinión no estaba basada en datos históricos, sino que  se trataba de una mera tradición transmitida de un organista a otro.”

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«Marcha fúnebre de cuatrocientos años de antigüedad, interpretada por las cofradías de Sevilla durante su desfile en la madrugada del Viernes Santo» [sic]

Tanto le sorprendió que, efectivamente, la transcribió a papel pautado e insertó la partitura como parte importante del artículo. Sorprende la datación que hace el organista de las marchas. Es probable que se trate de una interpretación apócrifa que hiciera el autor del artículo para rodear el asunto con una aureola de misterio, generando así más interés en sus lectores.

Por nuestra parte, nosotros también hemos transcrito la partitura y comprobamos que se trata, en realidad, de dos pequeñas marchas, cuyas grabaciones adjuntamos:

En la primera de ellas creemos reconocer una de las Saetas dedicadas al Cristo del Silencio, que fueron compuestas por Francisco de Paula Solís, en el siglo XVIII y que aún son interpretadas hoy en día (9).

La segunda, no hemos conseguido identificarla, aunque estamos seguros de que alguien más versado sobre el tema podrá hacerlo con facilidad.

Salida de El Gran Poder

La particular “madrugá” de este peculiar observador continúa con la salida de la Hermandad del Gran Poder. Vemos como la sagrada imagen, al igual que algunas otras tallas sevillanas de mérito, aún era atribuida al insigne maestro de Juan de Mesa:

“En Sevilla el Cristo del Gran poder es el más popular y al que más se le reza. La imagen en sí misma es la obra maestra de Montañés, una gran efigie en madera del Hijo del Hombre, inclinado y machacado bajo el peso de la Cruz. Aquí el genio del escultor ha insuflado vida al bloque sin forma y ha convertido la madera en carne y en sangre.”

Sin embargo, lo que más llama la atención de Stephen Bonsal es el espectáculo que ofrecían a la vista las interminables filas de penitentes.

“Tras el Cristo del Gran Poder, camina un ejército de penitentes, porque, si hay enfermedades, problemas o dificultades, es a esta imagen a la que se han de ofrecer las promesas, así como la acción de gracias cuando se alcanza el  alivio. El ejército de penitentes representa la escena más interesante de las muchas otras que, en secuencia panorámica, se contemplan a lo largo de la procesión.”

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«Una procesión por una calle estrecha»

Y entre esas otras escenas, el autor destaca una que, de ser cierta, no deja de ser sorprendente:

“(…) Lo más extraño de todo este repertorio de máscaras silenciosas que seguían al  Cristo del Gran Poder, era una niña pequeña de unos doce veranos, vestida con su traje de comunión, extraña y fantasmal vestimenta a estas oscuras horas previas al amanecer. Llevaba los ojos vendados y, a diferencia de los Nazarenos con sus capirotes, ella no disponía de la más mínima abertura por dónde mirar y saber por dónde iba. Llevaba un cáliz dorado en una mano, mientras que con la otra  buscaba a tientas y seguía lentamente su camino. De vez en cuando, confundida por el eco de la música, se salía del camino, ahora a la derecha, ahora a la izquierda. Una de las veces,  tropezó y se cayó. Cuando se levantó, desorientada, empezó a caminar hacia atrás por donde había venido antes. Los Nazarenos la tomaron de la mano y la orientaron de nuevo en la dirección correcta. La niña, con su blanco traje de comunión simbolizaba a la Fe, la cual es ciega.”

Entrada de Montesión

Desde San Lorenzo, el periodista, asombrado por todo lo que ha presenciado, se dirige a la plaza de Montesión donde, sin planearlo, es testigo de excepción de la entrada de la Cofradía:

“La Señora de esta Hermandad está regresando a su templo y sus fieles están ahí para rendirle honores hasta el final. Con sumo cuidado y circunspección el paso es introducido en la  iglesia y las multitudes, que no pueden entrar, despiden con espontáneas muestras de cariño a su amada imagen hasta el año próximo.

Afortunadamente, me han empujado a la primera fila, y contemplo con curiosidad las oscuras naves de la iglesia entre las que la imagen desaparece, cuando de repente dos de los encapuchados hermanos me agarran con fuerza, uno de cada lado, me empujan hacia adelante y las puertas se cierran tras de mí.

Miro con ansia a mi alrededor y al ver esas extrañas caras ocultas y coronadas por las altas e inquisitoriales caperuzas, me vienen a la mente las imágenes de Jiménez y Torquemada y siento por primera vez que me separa poca distancia del martirio.

Afortunadamente, los amables cofrades  me devuelven a la realidad antes de que mis cabellos encanezcan. Son amigos, hemos estado cazando avutardas durante días. Habían leído la curiosidad en mis ojos y me habían empujado hacia adentro, para que pudiera satisfacerla. Advertido de que sería muy desagradable para todos que fuera descubierto por el  Hermano Mayor,  me escondí tras los pilares de piedra y así puede ser testigo de las ceremonias finales del regreso a casa.

Poco a poco la imagen es llevada en su paso entre las oscuras naves, donde la dorada luz de la mañana arroja sus cada vez más intensos rayos. La procesión se detiene ante una gran reja de hierro. Se escuchan por última vez los tres golpes del mazo plateado y la plataforma se posa suavemente sobre el suelo.

Los cofrades se congregan formando un semicírculo y se arrodillan en devota adoración. Miro más allá de ellos y, al observar con curiosidad a través de la reja de hierro, retrocedo algo sorprendido y, por qué no decirlo, también asombrado. Me froto los  ojos y vuelvo a mirar. No puedo estar equivocado.

Allí, detrás de la reja, arrodilladas sobre unas gradas y mirando con ojos de firme devoción a la Virgen, que ha sido devuelta sin contratiempos para que la custodien, rezan unas sesenta monjas con el hábito blanco de la orden cisterciense, cuyo convento colinda con esta iglesia de Montesión.

Una vez concluida la oración, el hermano mayor se acerca a la reja y a través de los barrotes hace entrega a la Priora de la corona de oro y joyas incrustadas que seis horas antes ellas habían colocado en manos de la Cofradía para embellecer la imagen de Nuestra Señora en este su día. A  continuación, con una mirada nostálgica a  la imagen, por cuyo retorno han estado rezando tenazmente a lo largo de toda la noche, las monjas se levantan, y silenciosamente se retiran a sus claustros, llevando con ellas la preciada corona, y cantando el Stabat Mater mientras se marchan.

Tras unos  minutos, abandono las  sombras de la  fría Iglesia y me siento reconfortado al sentir la agradable calidez de la soleada plaza (…)”

 Santa María de Montesión fue convento dominico desde su fundación, en el  siglo XVI, hasta la desamortización de 1835. Efectivamente, entre 1884 y 1912 se instala en dicho convento una orden de monjas cistercienses, la de Santa María de las Dueñas. Actualmente, la Iglesia, desacralizada, alberga parte de los fondos del Archivo de Protocolos Notariales de Sevilla (10).

El relato de la ceremonia descrita parece completamente veraz y constituye, por tanto, un testimonio de gran valor, que saca a la luz una escena poco conocida de la antigua Semana Santa hispalense.

Los oficios del Viernes Santo

Los oficios del Viernes Santo son descritos con gran profusión de detalles:

“(…) El altar mayor parece abandonado y vacío y todo el brillante esplendor ha desaparecido. A su derecha, sin embargo, hay una Cruz que soporta las imágenes de los doce apóstoles. Sobre la cabeza de cada imagen, una delgada vela emite un fino haz de luz, que lucha inútilmente contra la cada vez más profunda oscuridad.”

 La cruz a la que se refiere es el famoso tenebrario de la Catedral de Sevilla, diseñado por Hernán Ruiz en 1559 y que era empleado durante los llamados oficios de tinieblas (11).

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Tenebrario de la Catedral de Sevilla.
Fuente: http://sevilladailyphoto.blogspot.com.es/

“A lo largo de las numerosas capillas y oscuros escondrijos, una gran multitud de fieles yacen tendidos sobre el suelo, rendidos por el cansancio, mientras esperan el canto del Miserere. El austero canto que surge de la penumbra del coro no está suavizado por la dulzura de una voz de mujer  y  chirría en nuestros oídos al tiempo que produce escalofríos en el corazón.”

El Miserere, era el canto final de los oficios del jueves y Viernes Santo. Desde el año 1837 se cantaba la famosa versión compuesta por el que fue maestro de capilla de la Catedral, Hilarión Eslava. Sin embargo, sabemos que entre 1888 y 1900 se suspendió su interpretación, debido a las obras de restauración del cimborrio que, como hemos dicho más arriba, se llevaban a cabo por aquellas fechas. ¿Se trata entonces de otra “licencia” del autor? (12)

“(…) Terminó el canto y la  última vela vacila, parpadea y parece estar también a punto de extinguirse entre las sombras. Pero no; una mano invisible la sujeta  firmemente y, atravesando una de las naves, la traslada  hasta la Sacristía, dejando tras de sí una estela de luz amarillenta. Tapada cuidadosamente, esta luz se conservará encendida tras el altar hasta el momento de la Resurrección, cuando todas las velas de la Catedral habrán de ser encendidas por medio del fuego sagrado que parecía consumirse, pero que habrá permanecido vivo en  el Sanctasanctórum.”

Con la llegada de las tinieblas a la Catedral, concluyen las ceremonias del Viernes Santo. Sin embargo, para asombro de sus lectores, Stephen Bonsal, desliza un episodio ciertamente fantasioso en apariencia, que quizá no sea más que la novelización de un hecho trivial, pero que eleva la tensión emocional del momento:

“Entonces, se produjo un incidente, tan extraño, tan llamativo y tan imprevisto, que se hablará de él en Sevilla en los años que están por venir (…)

Las sombras han ido haciéndose cada vez más cortas, y los rayos de luz que desprende la plateada luna  han ido creciendo en longitud, en amplitud y en brillo. Entonces, las sombras desaparecieron todas de golpe, como  por arte de magia, todas salvo una, producida por una gran Cruz que hay afuera, en las almenas de la fortaleza-catedral.

Lentamente, la sombra adquirió la forma del símbolo sagrado, y entonces, cuando la luna se elevó un poco más y las nubes se interpusieron, desapareció. Pocos se habían fijado antes en esta Cruz y nadie sabe por qué el arquitecto de esta gran mole de piedra, cuyo nombre sigue siendo desconocido hoy en día, la colocaría allí, una Cruz entre tantas. Pero aquellos que presenciaron la emotiva escena, la alegría de las multitudes al arrodillarse ante aquella señal de gracia, supieron que no se había  colocado allí en vano, y que esta noche, tras siglos de inactividad, esta Cruz cumplió  su misión…”

El júbilo del Sábado Santo

Hasta el año 1955, el Sábado Santo, actualmente día de luto en la Iglesia Católica, era conocido como Sábado de Gloria, debido a que la celebración de la Resurrección se efectuaba ya durante la mañana de dicho día (13). Esto es descrito fielmente por el periodista:

“El sábado por la mañana, a las 10 en punto, el velo que ha ocultado el altar se rasga con gran dramatismo y tras él, aparece el gran cuadro del Descendimiento de la Cruz. El tintineo de las campanillas en los coros y las capillas, dan la señal y a ellas le sigue, un momento después, el estruendoso sonido de las Campanas de la Giralda, que han tañido tan tristemente durante los días de dolor. Pero ahora repican alegremente, anunciando la buena nueva de la Resurrección. Al momento, toda Sevilla se despoja de su aflicción y se muestra tal y como es: la vieja ciudad alegre y confiada. En todos los  templos se hacen ofrendas, en todos los  monasterios se escucha el Hosanna triunfal de los monjes, en todos los  conventos las agudas voces de las monjas entonan el Aleluya: La Cuaresma ha terminado.”

El cuadro referido es el famoso Descendimiento de Pedro de Campaña, que se custodia en la Sacristía Mayor de la Catedral de Sevilla (14).

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Pedro de Campaña: El Descendimiento de la Cruz
Fuente: culturadesevilla.blogspot.com.es

El Sábado Santo, pues, era día ciertamente festivo y empezaba a cambiar el carácter de la ciudad, que, dejando atrás la sobriedad de la Cuaresma, se preparaba para el inminente comienzo de la temporada taurina y de la cercana Feria de Abril.

 “Volvemos del evento social de esta semana, porque, ¡Ay!, incluso la alegre y perezosa Sevilla tiene sus eventos sociales, que deben ser atendidos.  Se trata del  Tablado, o inspección de los negros toros  que, con gran pompa y ceremonia y al precio del rescate de un Rey, serán sacrificados mañana por los más célebres matadores del reino.

Aunque en Sevilla falte el dinero para comprar pan, siempre hay lo suficiente, incluso en el erario del pobre, para pagar el coste de la corrida de toros. Todo buen cristiano de Sevilla debe asistir a la corrida de Pascua de Resurrección, incluso si, como sucede no pocas veces, para ello tiene que empeñar sus ídolos familiares e imágenes sagradas.”

Tópicos aparte, obviamente, el término Tablado se trata de otro gazapo del autor, que se refiere a la tradicional visita que el Sábado de Gloria se efectuaba a los campos de Tablada, para inspeccionar las reses bravas que se iban a lidiar al día siguiente durante la importante corrida de Pascua de Resurrección.

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Sevilla, Paisaje (J. Laurent y Cía.). En torno a 1870. Fuente: Fototeca del Patrimonio Histórico.

El resto del artículo, bajo nuestro punto de vista,  constituye un auténtico popurrí de estilo recargado, pretendidamente poético, en el que el autor mezcla lugares, personajes y situaciones cargadas de tópicos (el barrio de Santa Cruz, el baile flamenco, Don Juan Tenorio, los corrales de vecinos…) incurriendo incluso en algún anacronismo chocante (como la asistencia de la exiliada Isabel II junto con su hermana, la Infanta María Luisa, al funeral de una muchacha fallecida en un corral de vecinos)

 El relato concluye con las multitudes dirigiéndose a la Plaza de Toros para asistir a la corrida del Domingo de Pascua, imagen paradójica en la que el “lugar del sacrifico” representa la alegría de vivir y el  olvido de la tristeza y de la muerte, que ya pertenecen al pasado.

 

Nota:

A continuación se incluyen los correspondientes enlaces para acceder tanto al texto original de Stephen Bonsal,  como a la traducción que, del mismo, hemos llevado a cabo. Somos conscientes de la imperfección de la traducción, pues está realizada con más buena fe que conocimientos. Si alguien considera que puede mejorarla, por favor, siéntase en la absoluta libertad de hacerlo.

 

 

Fuentes:

(1)    http://en.wikipedia.org/wiki/The_Century_Magazine

(2)   http://www.unz.org/Pub/Century-1898jul-00378

(3)    http://en.wikipedia.org/wiki/Stephen_Bonsal

(4)    La Semana Santa de Sevilla en el Siglo XIX. Rafael Jiménez Sampredro. Abec Editores, 2013

(5)    http://es.wikipedia.org/wiki/Benito_Sanz_y_For%C3%A9s

(6)    La correspondencia Española, Madrid 25/02/1894. Hemeroteca digital de la BNE: http://hemerotecadigital.bne.es/issue.vm?id=0000388214&page=2&search=Sevilla+conflicto+hermandades&lang=es

(7)    http://www.amargura.org/category/corporacion-2/nuestros-sagrados-titulares/

(8)    http://es.wikipedia.org/wiki/Kohl

(9)    http://www.hermandaddeelsilencio.org/Spartituras.htm

(10) http://www.galeon.com/juliodominguez/2009b/montesion.html

(11) http://sevilladailyphoto.blogspot.com.es/2011/04/el-candelero-de-las-tinieblas.html

(12) ABC de Sevilla, 05/03/1991. Hemeroteca digital de ABC:

http://hemeroteca.abcdesevilla.es/nav/Navigate.exe/hemeroteca/sevilla/abc.sevilla/1991/03/09/051.html

(13) http://es.wikipedia.org/wiki/S%C3%A1bado_Santo

(14) http://www.artehistoria.jcyl.es/v2/obras/16187.htm

 

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