Perolito

Cómo sería el revuelo que se armó para que el mismísimo Benito Pérez Galdós se hiciera eco de la anécdota en una novela suya.

La familia de León Roch, publicada en 1878, es considerada una novela de tesis en la que Galdós plasma, quizá de forma exagerada, el choque tremendo que por aquella época tenía lugar en España entre el laicismo progresista y el acérrimo integrismo de los sectores más ultraconservadores (1).

El protagonista, León, es laico, ingeniero y amante de la ciencia en todas sus manifestaciones. Su esposa, María, ha sido educada en un ambiente de asfixiante fanatismo religioso.

Este matrimonio, personificación de las irreconciliables posturas entre ciencia y religión tan propias del último tercio del siglo XIX, está obviamente abocado al fracaso, provocando de paso, enormes dosis de sufrimiento a sus protagonistas.

María, es aficionada a la lectura de libros y revistas piadosas. Además, es Josefina: es decir, afiliada a la «Asociación Espiritual de Devotos de San José” (2).

Esta asociación fue fundada por Josep María Bocabella en Barcelona, el año 1866, en plena ascensión del liberalismo, el cual llegó a su culmen en 1868, cuando con “La Gloriosa” dio comienzo el denominado sexenio revolucionario (3).

En 1870, el Papa Pío IX, con los estados pontificios y todos sus beneficios “secuestrados” por los piamonteses de Garibaldi (4), había declarado a San José “Patrón de la Iglesia Católica”. La Asociación de San José, como tantas otras obras piadosas y cofradías, corrió en “socorro” del papado.

Para ello enviaba a Roma periódicamente aportaciones económicas procedentes de las cuotas de sus afiliados, así como de las suscripciones a una revista que publicaba mensualmente y que se denominaba El propagador de la devoción a San José.

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Portada de un ejemplar de «El propagador de la devoción a San José», de 1873

Se sabe que en 1875, el número de afiliados a la asociación Josefina contaba con más de medio millar de miembros, sólo en Cataluña. De este modo, puede deducirse que la propagación de la devoción al glorioso patriarca constituía una tarea de máximo interés.

El propagador…” publicaba todos los meses una relación de hechos supuestamente milagrosos atribuidos a la intercesión de San José, lo que debía impresionar vivamente el ánimo de sus devotos lectores, que fueron creciendo en número cada vez más a lo largo del tiempo.

Respecto a la predilección que el personaje de su novela siente por este tipo de lecturas, afirma Galdós:

Para María no la había más sabrosa ni edificante, y se recreaba largas horas con las anécdotas (…), con las oraciones y, por último, con la parte que podría llamarse místico-farmacéutica, que es una lista mensual de todas las curaciones hechas con las obleas y las mantecas pasadas por el famoso perolito de Sevilla, prodigios que se

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Anuncio de las píldoras y Unguento Holloway
La Iberia, Madrid (09/01/1877)

dejan muy atrás los milagros de Holloway y de ciertos específicos. María guardaba siempre en su poder porción cumplida de obleas y mantecas pasadas por el perolito para atender a las enfermedades de sus deudos y amigos, segura del éxito siempre que estos tomasen la medicina con fe. La especulación del perolito no podría existir en ningún país donde hubiera sentido común y policía” (5).

La anécdota del perolito hay que entenderla, por tanto, en un contexto histórico y social muy determinado y se desarrolla en un terreno, como hemos visto, cuidadosamente abonado para la proliferación de este tipo de hechos.

¿Pero, qué ocurrió exactamente?

Como recoge Genaro Cavestany en sus Memorias de un sesentón sevillano, todo comenzó “…en el año 1872, en la casa de la calle de la Carne, sita en la barreduela que forma dicha calle, esquina a la de la Perla, frente a la magnífica casa que fue del antiguo magistrado de esta Audiencia, D. José Laureano Diosdado…” (6).

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Padrón de Sevilla, 1873.
Domicilio de la familia Oliva-Palomino.
(Fuente de la imagen: Familysearch.com)

En concreto, se refiere a la casa número 4 de dicha calle, actualmente denominada Muñoz y Pabón. Según el padrón del año 1873, en ella vive el matrimonio formado por D. Francisco Oliva Alaja y Dña. María Adelaida Palomino Rodríguez junto con sus hijos Blas de Jesús, Rafael, Francisco y Andrés, además de una sirvienta llamada Josefa Bermudo que posiblemente sea parte protagonista en el origen de esta historia.

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Padrón de Sevilla, 1873.
Reverso donde figura la sirvienta Josefa Bermudo
(Fuente de la imagen: Familysearch.com)

Cavestany relata que se trataba de una familia piadosa y que, aun no siendo rica, disponía de “lo necesario para vivir cómodamente en la mediocridad”. En el mencionado padrón, la profesión declarada por el cabeza de familia es la de “ganadero”. Por otro lado, se daba la “curiosa” coincidencia de que la esposa, María Adelaida, era presidenta de la Asociación de Josefinos de Sevilla (7).

Los hechos ocurrieron más o menos de la siguiente forma: En el verano de 1872 un mendigo con grandes barbas (parecido a San José) llama a la puerta de la familia Oliva-Palomino pidiendo algo para comer. La sirvienta, suponemos que Josefa (no podía tener nombre más apropiado), responde al mendigo que sólo puede ofrecerle un pequeño perol con las sobras de la comida, esperando que con eso pueda satisfacer su hambre. Una vez hubo terminado con aquellas pobres sobras, el hombre con aspecto de Santo, le dijo a la criada:

Diga usted a su ama que, en premio a la obra de misericordia que ha hecho dando de comer a un hambriento, toda medicina que se pase por este perolito sanará a los enfermos que se la apliquen en nombre del glorioso patriarca San José” (8).

Cuando la sirvienta se quiso dar cuenta, el misterioso anciano había desaparecido.

Unos meses más tarde, el 30 de octubre del mismo año, el diario El Oriente -de  radical orientación católica y carlista- publica una carta enviada a su director por D. José Pareja Alba, vecino de la calle Conde de Barajas, en el barrio de San Lorenzo. En ella, el remitente da cuenta de un hecho sorprendente y aparentemente milagroso verificado en la persona de su esposa, Dña. María Juana Cañaveral.

Según refiere, desde hacía más de cuatro años, su esposa padecía una enfermedad que le impedía no ya caminar, sino ni tan siquiera ponerse en pie, precisando de una silla de ruedas para poder desplazarse. La enferma había sido tratada por los médicos más afamados de la ciudad ya que, dicho sea de paso, ambos procedían de familias acomodadas y de prestigio.

D. José Pareja era Licenciado en Jurisprudencia, además de rico propietario de fincas urbanas y rústicas (9). Dña. María Juana era hija de un Maestrante de la Real Maestranza de Caballería de Sevilla, que había sido Diputado a Cortes por Córdoba en 1834 (10). Estas circunstancias, en una sociedad con tan marcadas diferencias de clase, venían supuestamente a aportar mayor credibilidad al testimonio.

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Padrón de Sevilla, 1874.
Domicilio del matrimonio Pareja-Cañaveral.
(Fuente de la imagen: Familysearch.com)

La cuestión fue que “una amiga de su esposa, sabiendo lo del perolito, consiguió pasar por él manteca y agua lo que llevó a la enferma, indicándole que, si quería sanar de su enfermedad, se diese una unción con la primera y bebiese tres buches de la segunda, encomendándose a San José” (11). Llevado a cabo el ritual sugerido, Dña. Juana echó a andar y, sin pensarlo dos veces, se fue derecha a la Iglesia de San Lorenzo, a dar gracias por lo sucedido, para sorpresa general de sus convecinos, que no podían dar crédito a lo que veían. Como era de esperar, este hecho fue considerado inmediatamente un milagro patente.

A este caso enseguida siguieron otros, como el de la curación repentina, previa aplicación del mismo método, de la joven Dña. Eleonora Wieden, enferma desahuciada por fiebres tifoideas. Luego, surgieron muchos otros casos de supuestas curaciones milagrosas, de tal manera que frente a la casa de la calle de la Carne se formaban largas colas de “gente ansiosa de pasar una medicina, o agua, o manteca” por el “milagroso cacharro”, “creyendo ya sanados a sus queridos enfermos” (12).

Pero el asunto no quedó sólo ahí. Al revuelo montado le siguió otro que hoy denominaríamos de tipo “mediático” y que crispó bastante los ánimos en la ciudad.

El 10 de noviembre de 1872, un grupo de médicos sevillanos publicó en la revista La Época Médica un artículo en el cual, bajo el epígrafe «El milagro del día», se burlaban del caso del perolito y sus prodigios. De entrada, llamaban la atención sobre el hecho de que la carta de D. José Pareja fuese publicada precisamente en un periódico como El Oriente, de orientación sobradamente conocida. Además, se auto-declaraban racionalistas y, como tales, manifestaban no creer en los milagros, atribuyendo las supuestas curaciones a la sugestión de los propios pacientes.

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Uno de los supuestos milagros del perolito, recogido por Mateos Gago en su opúsculo «La ciencia y la manteca»

El artículo fue duramente rebatido desde las páginas de El Oriente por el sacerdote, teólogo y articulista D. Francisco Mateos-Gago y Fernández. La Iglesia no se había pronunciado aún sobre los hechos sucedidos, por lo que Mateos-Gago evitaba posicionarse acerca de la autenticidad de los supuestos milagros del afamado artilugio. Sin embargo, se enzarzó en una agria batalla dialéctica con los autores del artículo de La Época Médica, defendiendo con elaborados argumentos teológicos la posibilidad real de existencia de los milagros.

A estos, siguieron más contestaciones por parte de los médicos. Esta vez a través de dos artículos insertados en el diario La Andalucía en los que, bajo el título de “El padre Gago y la Manteca” continuaron expresando su incredulidad, al tiempo que vertían descalificativos sobre el sacerdote. Este, considerando que  La Andalucía  le impedía su derecho de réplica, llevó el asunto a los tribunales, acusando al diario de injuria y calumnia. El periódico fue absuelto “lo que dio gran fuerza a los enemigos del perolito” (13).

Mientras tanto, la fama del perolito se había extendido por todo el país y de todas partes llegaban peticiones a Dña. Adelaida Palomino, para que pasase por el venerado objeto medicinas, obleas, confituras o porciones de manteca. Ya hemos visto cómo hasta el personaje de una novela galdosiana atesoraba aquellas benditas viandas para asegurar la curación de familiares y amigos enfermos.

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Otro milagro atribuido a la acción del perolito, recogido por Mateos Gago en «La ciencia y la manteca»

Unos ocho años duró la frenética actividad del perolito. Al principio todas las peticiones eran atendidas, aunque parece ser que en los últimos años la ya viuda de Oliva sólo atendía a los casos que le llegaban por “recomendación escrita de personas conocidas y caracterizadas” (14).

Mateos-Gago asegura que la dueña del “curioso mueble” jamás actuó movida por el “vil interés” y que, por tanto, nunca obtuvo ningún tipo de ganancia gracias al mismo. Sin embargo, no faltó quien aseguró que los regalos en dinero y en especie llegaron a ser tantos, que la familia empezó a gastar lujos que antes no estaban a su alcance y que incluso se mudaron a una casa mayor y más lujosa que la humilde casa de la calle de la Carne. El mayor de los hijos, Blas de Jesús de Oliva, escogió la carrera sacerdotal y, con el tiempo, llegó a acceder a suculentos puestos eclesiásticos: catedrático de religión, caballero del Santo Sepulcro e incluso Arcediano de la Catedral de Sevilla (15).

Sea como fuere, en octubre del año 1880, el Arzobispo y Cardenal hispalense Joaquín Lluch, quiso zanjar la polémica de una vez por todas y ordenó que cesase el uso del perolito. Éste fue recogido por la autoridad eclesiástica, a la espera de que se resolviese el expediente que, sobre el asunto, la Iglesia tenía abierto desde el año 1872 y sobre el que, finalmente, nunca llegó a pronunciarse.

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Hoy en día, Irónicamente, la casa del perolito es una farmacia…
(Foto del Autor)

Cavestany, en sus “Memorias…” culmina con ironía el relato de esta peculiar historia preguntándose si la decisión de retirar el perolito había sido acertada, poniendo como ejemplo la riqueza que había proporcionado a Francia su Basílica de Lourdes. Y reflexiona:

“Si hubieran continuado las cosas por el camino que iban, tal vez hoy se alzase una magnífica basílica en la calle de la Carne, esquina a la de la Perla, a la que vendrían las pingües peregrinaciones que van a la de Lourdes y como hay mujeres en Francia (muchas) que se llaman Lourdes, tal vez ya en Sevilla habría muchos vecinos que se llamarían Perolito, ¡y quién sabe si, tal vez,  actualmente, presidiría nuestro Excmo. Ayuntamiento  algún sabio e ilustre personaje o catedrático que se llamase D Perolito García,  Gutiérrez o López! “ (16).

Bibliografía (con enlaces de compra en Amazon)

(1) Reseña de “La familia de León Roch” en Madri+d: http://www.madrimasd.org/cienciaysociedad/resenas/novelas/Novela.asp?id=115
(2) Gaudí: Arquitecto de Dios 1852-1926. Rafael Álvarez Izquierdo. Ediciones Palabra, S.A. Madrid, 2004.
(3) Gaudí, Arquitecto y Artista. Jeremy Roe. Parkstone International, 2005.
(4) El cristianismo desvelado: respuestas a las 103 preguntas más frecuentes sobre el cristianismo. Luis Antequera Becerra. Editorial Edaf, S.A., 2007.
(5) La Familia de León Roch, Capítulo XIII. Benito Pérez Galdós. Madrid, 1878.
(6) Memorias de un sesentón sevillano. Genaro Cavestany. Sevilla, 1918.
(7) Medicina, ideología e historia en España (siglos XVI-XXI). Ricardo Campos Marín, Luis Montiel y Rafael Huertas García-Alejo. Consejo Superior de Investigaciones Científicas. Madrid, 2008.
(8) Genaro Cavestany, op. cit.
(9) La Ciencia y la Manteca. Colección de opúsculos. Francisco Mateos-Gago y Fernández. Tomo V. Sevilla, 1881
(10) Genealogía de Dña. María Juana Cañaveral en Geneanet: http://gw.geneanet.org/lmvillena?lang=es;pz=x;nz=luis+manuel+de+villena+cabeza;ocz=0;p=x;n=maria+juana+canaveral+portocarrero+y+manuel+de+villena
(11) Genaro Cavestany, op. cit.
(12) Genaro Cavestany, op. cit.
(13) Genaro Cavestany, op. cit.
(14) Francisco Mateos-Gago y Fernández, op. cit.
(15) Diario El País. 22/8/1900, pág. 3.
(16) Genaro Cavestany, op. cit.