Hola a todos, mi nombre es Javier, tengo 45 años …y soy pelirrojo.

Creo que no me percaté de ello hasta que tenía unos tres años. Esa época en que los recuerdos consisten en fogonazos difusos y discontinuos y que suele coincidir con acontecimientos especiales o descubrimientos relevantes.

Recuerdo perfectamente que iba por la calle con mi madre agarrado de su mano y de repente le pregunté:

“Mamá, cuando yo sea mayor ¿me empezará a salir el pelo de color normal?”

 La respuesta de mi madre no debió ser ni muy original ni muy consoladora porque no la recuerdo en absoluto, aunque puedo aventurarme a pensar que debió ser algo así como:

“Niño, ¡deja ya de decir tonterías!”

No recuerdo exactamente cómo pude llegar a plantearme semejante cuestión a una edad tan temprana, aunque por mi experiencia posterior puedo llegar a imaginármelo.

Yo siempre fui un niño feliz, travieso, pero imaginativo y cariñoso. Vamos, casi, casi como ahora, pero con la inocencia intacta, que es el estado más sublime de la existencia humana.

Pero, ¡ay dolor!, la infancia es también una etapa cruel. Normalmente el “diferente” suele ser el objetivo preferido por los auto-considerados “normales” para amargarle la existencia. Es la historia de siempre. El gordito, el tímido, el empollón y, en mi caso, el pelirrojo.

Con todo, debo reconocer que, en mi época, la cosa no había llegado tan lejos como hoy en día, con los tremendos casos de acoso escolar o bullying que diariamente salen a la luz, perpetrados por auténticos delincuentes emocionales.

Sin llegar tan lejos, sobre los 11 o 12 años a mí me hacía la vida imposible un sujeto que me llamaba Cerillo. Aquí debo aclarar que yo, aun siendo pelirrojo, no tenía un pelo de tonto y cuando el tal me llamaba de esa forma, salía en persecución suya mientras el huía como un miserable. Nunca lograba pillarlo. El individuo era de los que solían dedicar la mayor parte de su tiempo a correr tras un balón, en lugar de a estudiar. Este era el principal motivo de que nunca lo pillara. Estaba más en forma que yo. Llegó a hacerse conocido en ambientes futbolísticos de mi ciudad y se ganó su fama a pulso. Pero esa es una historia sin interés para mí.

Lo realmente preocupante lo descubrí con 14 ó 15 años, cuando tu cuerpo alcanza su rubicunda plenitud pilosa y las chicas, a mi paso, se daban pellizcos unas a otras gritando:

“¡Pelirrojo, agua!”

 Este fue la confirmación de lo que venía siendo una sospecha y el comienzo de un gran descubrimiento:

¡Había algo contra nosotros!

Fotografía de Pelirrojo
Foto del Autor

Durante el bachillerato obtuve una pista más contundente. Esta llegó ni más ni menos que de la Literatura del Siglo de Oro. Leyendo en clase pasajes del Buscón, de Quevedo, surgió un día “aquel” texto en que se describía al infeliz licenciado Cabra:

 “Él era un clérigo cerbatana, largo sólo en el talle, una cabeza pequeña, pelo bermejo. No hay más que decir para quien sabe el refrán que dice, ni gato ni perro de aquella color”.

Ni que decir tiene que al explicar el profesor el sentido de esa descripción, toda la clase se volvió hacia mí con ese malicioso ji, ji, ji,  tan propio de la adolescencia.

Una superstición. Resultaba que todo era fruto de una superstición.

Menos mal, me dije, que nunca fui supersticioso porque, en ese caso, ¡no habría podido soportarme a mí mismo, en un bucle infinito y sin solución!

Para mí que toda superstición proviene de una incultura. Y parece ser que en la Edad Media, la más inculta de todas las edades de la humanidad, se inventaron la mayoría de las supersticiones conocidas y entre ellas, esta.

La cuestión radicaba en la creencia de que Judas, el traidor,  además de traidor, era pelirrojo. Acabáramos. Como afirma Michel Pastoureau en su obra “Una historia simbólica de la Edad Media occidental”, esta creencia, de origen incierto, llevó a considerar a toda la hedionda pelirrojez del mundo como sinónimo de “falso, astuto, mentiroso, engañador, pérfido o renegado”.

El rojo era el color del infierno y del rostro de Satán. Era, obviamente, el más apropiado para la pelambrera del Iscariote.

Desde entonces intuí que la petición hidráulica que me hacían las muchachas cuando yo pasaba junto a ellas se referiría, si,  al agua; pero al agua bendita. Lo de los pellizcos, jamás llegué a entenderlo.

Dicho esto, debo reconocer que, una vez pasada la repugnante fase seborreica de mi adolescencia, mi naranja cabellera resultó ser motivo de éxito más que de rechazo con el sexo opuesto.

De alguna forma, el ser “diferente”, con el tiempo, juega a tu favor y al menos,  en mi caso, siempre me proporcionó un factor “intrigante” de cuyos resultados no puedo ni debo quejarme.

Pero el tiempo, gran igualador, acaba por imponerse y, con los años, la variedad cromática empieza a perder importancia. Sobre todo entre los varones, que, impotentes, asistimos a una de las paradojas más enigmáticas con que nos obsequia la madre naturaleza conforme envejecemos:

 ¿Por qué perdemos pelo justamente de donde más lo necesitamos en lugar de lo contrario?

Es una pregunta sin respuesta lógica en la que no merece la pena pararse a reflexionar demasiado. Lo único que interesa es que con el paso del tiempo aprendamos a darle el justo valor a las cosas y a reírnos de nosotros mismos.

Hoy día, nos dedican anuncios en la tele, tenemos nuestro propio grupo de Facebook, aunque no sepamos exactamente para qué sirve… ¡Estamos de moda!, disfrutémoslo. Donde hay pelo hay alegría y si la alegría es naranja, ¡mejor que mejor!

Al final, lo único importante es, por encima de todo, ser persona, en mayúsculas, saber rodearse de otras personas valiosas y aprender a apartar de nuestro camino a las que nos hacen daño.

Porque, como dice el refrán: “Dentro de cien años todos calvos”. Pero todos, todos: morenos, rubios, castaños, canos, albinos y, por supuesto, pelirrojos.

Y recordad:

Los pandas no molan, ¡Arriba los pelirrojos!