Voy a contaros un secreto.

Cuando era pequeño, un día que llovía mucho y el viento soplaba con fuerza, hice un avioncito de papel y lo eché a volar desde el balcón. Aunque pronto lo perdí de vista, mi imaginación infantil sostenía su vuelo y lo llevaba lejos, por lugares insospechados y remotos. Mi avioncito y su viaje se convirtieron  en un pequeño mito de mi infancia y aun habiendo pasado algún tiempo a mí me gustaba pensar que seguía volando, recorriendo el mundo felizmente.

Imagen de un Avión de Papel

Mientras yo  crecía y maduraba, recordaba aquella  bendita inocencia mía y, aunque ya tenía la suficiente capacidad como para comprender  lo  absurdo de mi creencia, me hice mayor sin desterrarla totalmente, como quien conserva un pequeño y simpático tesoro.

Luego, la vida fue sucediéndose, con sus circunstancias alegres y tristes, sus enseñanzas y sus decepciones, sus momentos intensos y sus monotonías. Siempre sosteniéndose sobre una ilusión, un motivo último que lo explicaba todo, por muy oscuro que fuera y que llenaba de sentido los rincones oscuros del alma. En el fondo, mi avioncito seguía volando y mientras así fuera, nunca perdería ese enlace mágico con la infancia ya remota.

Pero, implacable, terca,  la realidad se empeña en ponérnoslo difícil, en ponernos a prueba una y otra vez. Y vienen los embates duros de la vida, los insoslayables, los que te dejan sin aliento, los que te hacen caer, a veces y dudar. En esos momentos, buscas dónde asirte y comprendes que los que fueron delante tuya ya pasaron por esto y llegaron al mismo punto. Al punto en que las creencias más profundas resisten o se derrumban  demostrando la solidez o debilidad con que fueron construidas.

Esta mañana llovía mucho y el viento soplaba con fuerza. Cuando iba a coger el coche algo llamó mi atención: un avión de papel en el suelo, arrugado y empapado. No es el mío, pensé, el mío sigue volando, por algún confín lejano. No es el mío, me repetí, aunque me quedó la duda…

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