El que conozca la genial serie de humor norteamericana The Big Bang Theory, seguramente no podrá evitar esbozar una sonrisa al recordar a Sheldon y la peculiar manera en que acostumbra a llamar a la puerta de su vecina, Penny.

Al que no la haya visto, habrá que aclararle que el pobre Sheldon es un poco “especial”. Huérfano de padre alcohólico, hijo de una mujer ultraconservadora, racista y fanática religiosa, el pequeño Shelly se protegió a si mismo construyéndose un mundo propio lleno de superhéroes y de ciencia ficción, aferrándose a su privilegiada inteligencia como tabla de salvación, llegando a ser, con el paso del tiempo, un científico de reconocido prestigio.

Claro que, a cambio, ese pasado le ha dejado huella y, aunque la mayor parte del tiempo él ni siquiera es consciente de ello, lo cierto es que Sheldon arrastra un buen número de “problemillas”.

Para empezar, Sheldon carece casi por completo de habilidades sociales. Además, es egoísta, narcisista, difícilmente empatiza con los demás y para colmo, no entiende el sarcasmo. Ah, y por si fuera poco, es obsesivo y sufre compulsiones de tipo repetitivo.

La más usual es precisamente la que realiza cuando llama a las puertas. Tiene necesariamente que golpear tres veces con los nudillos, decir el nombre de la persona a la que llama y repetir el proceso tres veces seguidas. Como a Penny se le ocurra abrir la puerta antes de que Sheldon termine su ritual, oh, oh, tenemos un problema.

En fin, la cuestión es que el caso de Sheldon me viene al pelo para hablar de un tema que, en realidad, tiene poco de gracioso. Se trata del TOC, acrónimo de Trastorno Obsesivo-Compulsivo.

He leído por ahí que alrededor de un 3% de la población española lo padece, y eso es un montón de gente. Es sin embargo curioso que siga siendo un problema bastante desconocido para la mayoría. Incluso muchas personas lo padecen sin saber que lo que les pasa tiene un nombre, que no sólo les ocurre a ellos y que, además tiene tratamiento efectivo.

Este mundo en crisis, tan brutalmente competitivo, donde muchas empresas emplean de manera sistemática la presión psicológica como herramienta de dudosa eficacia en términos de productividad, no pone precisamente las cosas fáciles a las personas con problemas de este tipo.

Es cierto que el asunto realmente no tiene la más mínima gracia pero, al cabo de los años, una de las cosas que uno acaba descubriendo es que la actitud frente a este problema, al igual que frente a cualquier otra dificultad en la vida, es crucial para superarlo.

Aprender a reírse de uno mismo, tomar distancia y relativizarlo todo, puede ser un buen primer paso para encontrar la solución.

Por cierto, Sheldon no lo sabe, pero en realidad, tiene mucha suerte. A su alrededor hay un grupo de personas que, a pesar de sus propias “peculiaridades”, son sus amigos y lo cierto es que, de una forma u otra, todos le quieren.

¿No nos estaremos tomando demasiado en serio a nosotros mismos? ¿Hemos mirado con la suficiente atención a nuestro alrededor a ver si no estamos tan solos en esto como creemos?

Quizá sea ya momento de apretar los nudillos y llamar con decisión de una vez por todas a la puerta de nuestra debilitada voluntad:

—Toc, Toc, Toc, ¿Penny?