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En el Cajón había de todo. Todo se guardaba, pero nada se encontraba. Porque el objeto del Cajón no era guardar, ni tan siquiera encontrar. Su objetivo era buscar en él.
Y buscando, buscando, aparecían llaveros, piezas de Tente, brazos y piernas de Madelman, un león de plástico, una placa de policía con un imperdible detrás, gomillas, canicas cascadas, una pelota de goma transparente atravesada por una enigmática estela de colores, dibujos de super-héroes de Marvel, álbumes de cromos sin completar…
Mi hermano le llamaba El Cajón de los Misterios porque en él las cosas aparecían o desaparecían como por arte de magia. Pero era mi Cajón y todo lo que en él había era valioso para mí.
Hoy, sintiendo la necesidad de disponer de un lugar donde amontonar lo bueno y lo malo, lo triste y lo alegre, lo bello y lo grotesco de nuestra vida, como válvula de escape o como simple pasatiempo, caigo en la cuenta de que el Cajón nunca tuvo llave.
A mí eso no me preocupaba.
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