Mi perrita quiere que le encienda el sol

Una de las cosas más importantes que he aprendido de los animales es a relativizar la importancia de la inteligencia y la consciencia humanas.

Los perros, por ejemplo, sufren mucho menos que nosotros, porque no disponen de esa inteligencia supuestamente superior que usualmente malgastamos en rumiar problemas, anticipar catástrofes o lamentarnos por lo sucedido. Ellos sí que saben poner en práctica aquello del Carpe Diem.

Los perros viven el momento, no necesitan Yoga y todo eso del Mindfulness ya les viene de serie. Yo a veces me pregunto qué hemos ganado realmente con nuestro maravilloso y súper-desarrollado cerebro de última tecnología, evolutivamente hablando.

Los perros viven el momento, no necesitan Yoga y todo eso del Mindfulness ya les viene de serie.

Por supuesto, no se me malinterprete: los seres humanos estamos dotados de prestaciones de alta gama (digámoslo así), que nos permiten escudriñar mejor nuestro entorno y apreciar cualidades sutiles del mundo que nos rodea. La expresión artística, la capacidad de reflexión, la curiosidad que nos empuja a entender el mundo a través de la ciencia, el sentido de lo trascendente…

También poseemos la capacidad para emocionarnos ante lo bello o de conmovernos ante lo entrañable. La inocencia de un niño, su capacidad de vivir el momento presente y de ilusionarse con cosas aparentemente simples.

Exactamente lo mismo podemos experimentar con los animales. Al menos, así me ocurre a mí.

Perros. Trufa tomando el sol.

Trufa tomando el sol

Mi perrita Trufa, en estos días de invierno anticipado, busca desesperadamente el sol. Mi casa no es muy soleada, así es que sólo durante ciertas horas y en determinados rincones, se cuelan esos ahora preciados rayos por los que tanto protestamos durante el verano.

Por las mañanas, cuando el día está bueno, abro la persiana, de forma que el sol se desparrama generosamente por el salón y la llamo: ¡Trufa, solito! Ella acude como un rayo (nunca mejor dicho) a colocarse en su soleado rincón donde se pasa el par de horas escasas que dura el diario acontecimiento que forma parte de su perruna e inocente rutina.

Hay días como hoy, sin embargo, en que el sol otoñal, que es tímido e inconstante, prefiere ocultarse tras las nubes y privarnos de su vivificadora presencia.

Esos días, Trufa viene a buscarme con insistencia. Intenta llamar mi atención, rascando en mi pierna con sus patitas peludas. Yo sé lo que quiere. Quiere que la siga. Y me hace reír, aunque también me emociona la dulzura e infinita inocencia de ese pequeño cerebrito.

Me levanto, ella corre delante, ansiosa e ilusionada y se coloca en su rinconcito hoy oscuro, sin sol que lo ilumine. Sus ojos, brillantes y negros como un minúsculo Platero, me miran suplicantes y entonces, como si fuera a entenderme, yo vuelvo a explicarle nuevamente:

– No, Trufita, hoy no hay sol… Ojalá pudiera, pero ¡yo no puedo encenderte el sol!

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